LA EPIFANÍA

Los reyes magos

En el contexto litúrgico eclesial, la palabra epifanía (ἐπιφάνεια) nos hace pensar en la querida fiesta de los reyes magos, en ella celebramos el misterio de la manifestación del Dios Hijo, hecho hombre, a todas las naciones. Un breve repaso sobre el origen de este vocablo nos ayudará a comprender su significado bíblico y pastoral hoy.

Desde Homero, el lenguaje religioso griego otorga al término epifanía el significado de aparición divina e inesperada que aporta la salud. En época helenística y romana, el culto a los soberanos lo identificó con parusía, para designar la visita oficial del rey a una ciudad. En Egipto probablemente se comparó la visita real con la aparición de una divinidad, por eso se le consideró como salvador del pueblo (σωτήρ)[1].

La visión del AT

Al traducir los relatos de muchas teofanías del AT, la versión griega de los LXX empleó moderadamente el término epifanía y otros afines (p. ej. Gn 35,7; Ez 39,28). El segundo libro de Macabeos, obra de matices fuertemente helenísticos, emplea repetidamente el término epifanía para indicar apariciones celestiales, sobrenaturales (3, 24-34; 5, 2-4), y más ampliamente, la intervención milagrosa de Dios en favor de su pueblo (2, 21; 12, 22).

La visión del NT

En el NT, el lenguaje religioso pagano no recibe su verdadero sentido más que en el misterio de Cristo: en Él, Dios se ha aparecido a los hombres como su verdadero Salvador (2Tim 1, 10; Tit 2, 11). En 1Tim 6, 14; 2Tim 4, 1; 1Tit 2, 13 epifanía significa el glorioso retorno de Cristo al final de los tiempos. La mención del rey en 1Tim 6, 15 y 2Tim 4, 1 evoca la festiva entrada de los soberanos dentro del culto helenístico, con la que Pablo compara el retorno de Cristo que es el verdadero rey. Es sorprendente que las cartas pastorales llaman siempre epifanía, y no parusía (como en los demás pasajes neotestamentarios) a este retorno de Cristo.

El sentido bíblico une la manifestación salvífica, obrada por la encarnación y nacimiento de Cristo, a su segunda venida al final de la historia. Esto nos pone en permanente tensión entre “el ya y el todavía no”. Celebrar la primera venida significa abrir hoy el corazón a Jesucristo para aguardar su gloriosa y segunda aparición viviendo en santidad, entregándonos por la construcción del reino de Dios aquí y ahora. Hemos protagonizado meses y años difíciles, somos testigos de pérdidas humanas, materiales y espirituales. Quedarnos mirando cómo se pierde lo anteriormente sembrado con mucho sacrificio no tiene sentido alguno. Como eudistas queremos asumir el porvenir con fe. Animados por el gozo de creer, queremos que Jesucristo se forme en nosotros para hacerlo vivir y reinar en nuestros ambientes. Nuestra realidad nos está invitando a ser epifanía de Jesucristo. Que el Espíritu Santo haga brillar la luz del recién nacido a través de cada corazón eudista y todas nuestras comunidades locales. Amén.

[1] HAAG-VAN DEN BORN-AUSEJO, Diccionario de la biblia, Herder, 1987, pp. 566-567

P. David Rodríguez, cjm

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